viernes, 10 de septiembre de 2010

Memorias del Sumapaz (l)

ESCUELA DE SAN ANTONIO, GRUPO MUSICAL AIRES, RITMO Y SON: ANIBAL MONTAÑEZ, ADRIANA, PEDRO, PACHITO, OLIVO Y ALFONSITO. FOTO IVAN DARIO ALZATE.

Por: Luz Marina López Espinosa

Si la gratitud es la memoria del corazón que dijera el poeta, hay memorias que son deudas que es preciso pagar para conjurar los fantasmas de la ingratitud y el olvido. Prestos ellos a borrar del recuerdo las mejores obras y los mejores hombres, cuando unas y otros no responden al interés de quienes codiciosos, se apropiaron de la bella inmensidad del mundo. A despecho de lo ancho y ajeno que otro poeta cantara.

Y por esos imprevisibles y paradójicos caminos de la vida, fue la lujosa vitrina de un gran aeropuerto donde se exhibía un nuevo licor, el exclusivo “Juan de la Cruz”, la que produjo el milagro de traer a la mente lo que ella se tenía bien guardado como si ya estuviera en las garras del impío fantasma.

Esa vitrina me remontó entonces al gran líder campesino, y estar ahí fue uno con el Sumapaz y su frío y la historia y lucha de sus gentes. ¡Sí! Había que cancelar la deuda.

Entonces, como una película que lenta pero tumultuosa pasara ante mí, vi rostros y escenas que en los últimos años había descubierto y admirado: niños que sin dejar de serlo trabajaban, reían y bailaban como mayores; mujeres solidarias y laboriosas; hombres rudos y valientes que tocaban guitarra; paisajes no imaginados, águilas lentas e imponentes, conejos silvestres, lagos donde se podía tomar agua pura, nubes a ras del suelo y mucha música.

En una mañana de febrero de 2006 fría y lluviosa como todas, con un grupo de docentes de artes de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas llegamos al colegio Juan de la Cruz Varela, vereda la Unión, corregimiento San Juan en la localidad de Sumapaz. Nos recibió un señor de sombrero, ruana y botas pantaneras como un campesino más, quien resultó ser el rector Aníbal Montañez. Le hablamos de la propuesta pedagógica que traíamos por convenio con la alcaldía de la alcaldesa Magnolia Agudelo, y que queríamos concertarla con la comunidad. Escuchó atento, nos reunió con los profesores y concluyó diciéndonos que su sueño era ver consolidado un grupo de música en la vereda. “Ahí están esos muchachos y muchachas… miren a ver, ¿cuándo empiezan?”

Las puertas del Juan de la Cruz Varela quedaron abiertas desde ese momento para nuestra Escuela. Que así se llamaba el Convenio: Escuela de Educación Artística, que por manes del aire nómada que tomó ante la acogida que tuvo por la población del inmenso territorio, terminó llamándose Escuela Itinerante del Páramo. Sí. Porque a veces era como una caravana de gitanos.
A partir de ese momento hubo una gran cercanía con Aníbal quien personificaba el alma alegre, comprometida y hospitalaria de esa población. Nació el grupo “Aires, Ritmo y Son”, del cual él hacía parte. Se iniciaron las clases no solamente en el colegio sino en las casas, patios y tiendas del lugar. La danza, el teatro y la literatura fueron parte de esa aventura que niños, jóvenes y adultos hicieron suya con la emoción que hubo de sentir Aureliano Buendía en los días de su infancia cuando su padre lo llevó a conocer el hielo.

En la casa de Pedro Díaz y Adriana hacíamos clases de música y composición al lado de la hornilla con un tinto hecho en vasija de barro por su mamá . Los maestros de la guitarra Alfonsito y Tato, la voz tropical de Adriana a quien el amor importó al páramo y los vallenatos militantes de Olivo Meneses, eran el marco práctico de las enseñanzas. Noches de ensayos y tertulia donde Luis Alfredo Romero y sus relatos del Pedregal y el Duda llenos de aventuras con papagayos, micos y ríos cristalinos. Él iba hasta esos parajes con sus mulas en travesías de días llevando quesos y víveres. En las noches parecía abrirse la bóveda del cielo para acompañarlo con visiones y prodigios que sólo desde allí se podían contemplar, por nunca jamás. ¡Ah! Y todas las historias adobadas como es riguroso en estas gentes, con episodios donde se revelan sus convicciones, amén de una sabiduría adquirida en la resistencia a ancestrales injusticias.

La tienda de Jacobo…. Más que tienda, era un lugar mágico, de esos ya desparecidos donde se vendía la pomada para los nuches del ganado, botas de caucho, ollas Imusa, salchichón cervecero –y cerveza claro-, machetes y el Almanaque Bristol con sus historias a ocho cuadros. Allí se reunía el pueblo sin convocatoria alguna. Música, coplas y teatro. ¿Para qué más? Bueno, sí había más, el profe Jaime Lara “maestro de ceremonias”, ponía un punto alto con sus imitaciones y su música. Lo malo, afuera un grupo de soldados miraba desafiante, ofendidos de que pudiera haber tanta libertad y alegría cuando ellos habían decretado inapelable, el toque de queda en el gran páramo. La noche tenía dueño. El hogar de Carlos Macana era el refugio después de las jornadas de trabajo. Allí anochecía y amanecía temprano.

De esas tertulias arrancó la propuesta que tanto impactaría, la de Escuela Itinerante. Se amplió su cobertura y llegaron más maestros artistas: Pacho Martínez actor del teatro la Candelaria, director él mismo, quien llevó obras como La Maestra y Los Comunes y predicó sobre el teatro popular; Fernando Ovalle aclamado bailarín y profesor de danza contemporánea, Iván Dario Alzate con el ojo del artista y su cámara guardando para la historia instantes y movimientos; Camilo Orozco el hijo de Armando e Isabelita, entre temperas y pinceles jugaba con los niños a reconocerse, con el ejercicio de pintarse ellos mismos.; Ciro Becerra joven historiador barranquillero, ya llegado al frío, se atrevió con el páramo, en camiseta como si estuviera en la Arenosa. Hoy desde España donde estudia, envía cantos de nostalgia por esos días en el Sumapaz; Jacqueline Vega la folclorista con su famoso grupo Usaka de danzas tradicionales, nos acompañaba en ferias, fiestas patronales, día del campesino y de la virgen del Carmen. La Unión, La Playa, La Granada, Santodomingo, Las Vegas y San Juan la vieron pasar con su tropa danzante.

Inolvidable una escena como de la película Fitzcarraldo del alemán Warner Herzog donde narra el delirio del hombre al que le dio por llevar la ópera a la selva amazónica. Allí en el Sumapaz era la música, la danza, la poesía; y no es tampoco que fuera al Amazonas, sino a la escuela de San Antonio a 3.400 mts. sobre el nivel del mar por empinada y enfangada trocha. Ver ese desfile de caballos cargados de sonido, guitarras, tambores, los aparatosos vestuarios y cajas de cerveza, y los pobladores que por el camino se iban sumando “porque llegó la escuela”, era lo más parecido a una caravana circense: cuenteros, bailarines, poetas, mujeres, ancianos y niños por la montaña hasta coronar la cima. Y allí el gran dirigente Graciliano Diaz caminando desde el Toldo entre el barro y la lluvia con su pequeño hijo en hombros, animando la marcha… Y todos alegres. Eran sábados de cultura, solidaridad y estrechamiento de vínculos. Y una vez encaramados tan alto -sobre todo para los que veníamos de la ciudad-, se bailaba carranga, ranchera y salsa. El profe artista William Pérez sorprendía con la salsa y sus ritmos peruanos. Como si estuviéramos en el mismísimo Machu Pichu. Al bailar “La Saya” nos recordaba a los cosacos de las estepas siberianas. La noche la cerraban los juglares Betto Villalobos autor de docenas de canciones inéditas con los legendarios Mensajeros de San Antonio.

Y recordando a Los Mensajeros, la cita era los sábados en la vereda el Toldo en casa de Luisito Bustos con María Antonia y sus hijos. El ambiente y decorado era como el de uno de esos maravillosos mesones medioevales que vemos en las películas. Los Prieto –Tulio y Jaime- con sus guitarras al hombro siempre acompañados de Mireya y Nubia no querían dejar de cantar. La próxima parada en la casa de Humberto Guzmán “Gusmancito” a ensayar con Audelito y su Conjunto. Es que la Escuela era una fiesta. Amanecía y como en la canción de Serrat “… vamos bajando la cuesta que arriba en Sumapaz se acabó la fiesta”.

Abril y con él día del idioma …Y quien lo creyera, la poesía llenaba la cancha de colegio hasta la media noche. Los poetas llegados de Bogotá como Juan Manuel Roca y Mery Yolanda Sánchez apreciaban el silencio durante las lecturas y charlas. Nuestros aprendices de literatos conducidos por John Jairo Montiel, hacían su debut. El niño Andrés Felipe Palmito ofrecía sus coplas y rancheras que hablaban de tiros y traiciones; Helber cultivaba y con gran desparpajo ofrecía su poesía. Violeta, la niña de los girasoles que desde el profundo sur de Colombia había llegado al remoto páramo, le cantaba a las flores que espigaban en Abril. Jenifer, nos decía de la vida y el calor que guarda en sus entrañas el noble frailejón. Haggi Montañez bailaba y Juanchito Romero daba los últimos toques al graffiti. Eran recitales como los de cualquier Casa de Poesía.

Para los docentes del colegio, la digna celebración de ese día era cuestión de honor. Briceida iba de un lado a otro con la programación haciendo que todo se cumpliera para que Cervantes no echara de menos nada el día de su santo. ¡Faltaba más! Clarita, programaba los horarios de los grupos de la Escuela Artística; Domitila atendía la logística; Juan Carlos Wilches el profesor de educación física, trotando para que saliera bien la travesía por las musas bajo la mirada severa y tragicómica de Don Quijote y Sancho Panza en el mural que hicieron los muchachos.

Llega noviembre, cumpleaños del colegio, semana cultural y la alegría de las prontas vacaciones. Había de todo incluido Encuentro de Música Campesina, y ahí otra vez el entusiasmo del rector Aníbal, ese Arquímedes que todo lo sabía y parecía tener la solución a los problemas antes de que se presentaran. Llegaban músicos de Pasca, Cabrera, Pandi, San Bernardo y por supuesto los anfitriones. En estos Encuentros no se competía, era para reencontrarse en una historia común cuando sus padres y abuelos llegaron a la región y allí se hicieron fuertes, huyendo de persecuciones que aún no cesan.

Y siempre, Alirio Rey cuyo tranquilo talante hizo realidad el memorable verso de Luis Vidales: Los relojes pierden el tiempo. Y si no era Alirio, Alberto, Joaquín o Evangelio. Los Rey Montañez fueron parte de esa aventura porque estaban en todo como devotos hijos del páramo. Son parte de la historia del Sumapaz desde su infancia en San Antonio cuando recorrían trochas y cruzaban ríos para ir a estudiar a Pasca.

De regreso a Bogotá, despistábamos el frio apostando al que más viera los conejos que atravesaban el camino. Había que frenar para no atropellarlos porque se paralizaban con las luces de las farolas. Hay que ser campesino para entenderlo. Cuando nos traía Evangelio, soñaba estar realizando su gran ilusión, y suponiendo el campero un auditorio lleno de fans, interpretaba a grito herido “Y nos dieron las diez” de Joaquín Sabina. Su inseparable Doris Mora esa sí fan real, aplaudía con emoción y gritaba: “Otra, otra, otra….”

Pronto divisábamos las luces mortecinas y tristes de los barrios pobres de la gran ciudad….

No hay comentarios:

Publicar un comentario